Los domiciliarios también entregan alegría
En este punto de la historia ya es evidente que los repartidores hacen parte del grupo de héroes de la pandemia, tal vez no siempre a una escala de vital importancia, pero sí en el contexto de la calidad de vida, ellos nos ayudaron a mantenerla a salvo, evitando que nuestra abatida salud mental recibiera más golpes de depresión por no poder ir a nuestros lugares de comida favoritos, o ir a hacer mercado y regresar con bolsas cargadas de miedo y ansiedad, porque quién sabe si uno se está llevando el virus puesto como un accesorio letal.
Pero incluso antes de todo este desastre sanitario de escala global, cuando vivíamos en el viejo mundo, los domiciliarios ya nos rescataban en momentos que se pueden categorizar como caprichosos, pero que demuestran lo dispuestos que estamos a aceptar y recibir amablemente el cambio y las soluciones tecnológicas, que a pesar de discusiones laborales, regulatorias y sociales que sin duda tenemos que atender, llevamos en el corazón a la gran comunidad de domiciliarios que nos respaldan y que cuando fue el momento de alegrarnos el día también estuvieron ahí.
Volvamos un poco en el tiempo entonces para descansar del presente y refrescar la memoria con otro tipo de historias menos dramáticas, como la vez que un domiciliario de Rappi fue el asistente de cocina de una señora que no quería complicarse con la tragedia de picar cebolla para la comida, así que pidió el servicio y ahí mismo llegó el diligente “sous chef” que salvó de las lágrimas a la señora. En otra ocasión, a un domiciliario le tocó ser cartógrafo de escuela primaria, cuando una madre desesperada por la mala nota que podía recibir su hijo por no haber llevado la clásica tarea del mapa de Colombia calcado, pidió el favor por la app y un domiciliario muy pilo salvó la patria haciendo el calco y llevándolo hasta el salón de clases del pequeño compatriota en apuros. La verdad es que la gente pide cualquier cosa, como una vez que un grupo de tres amigos estaba jugando fútbol en una consola de videojuegos, y para equilibrar matemáticamente los partidos, pidieron por la app, una persona para completar el grupo de cuatro y jugar dos contra dos, el caso es que efectivamente llegó el domiciliario y se quedó con ellos cuatro horas. Algo que demuestra nuestra aceptación con las apps es que a veces les damos toda nuestra confianza, como cuando aquella vez que un nieto preocupado porque la enfermera de su abuela no podía ir a acompañarla un día, pidió el favor por Rappi y como todo un Boy Scout, un domiciliario hizo la buena acción del día acompañando a la abuelita a dar un paseo por el parque. Asimismo un cliente pidió un abrazo para su hermana que necesitaba consuelo después de romper con el novio, un estudiante pidió alguien que le diseñara la presentación de PowerPoint para un trabajo final, y un esposo con pereza pidió ayuda para desempacar las maletas de su mujer que llegaba de viaje.
Ejemplos como estos los encuentra uno por internet, y al leerlos dejan una refrescante sensación al recordar que aún hay historias lindas que pasan de manera natural. Las apps ahora hacen parte de nuestra cultura, por eso no debemos olvidar que los domiciliarios no solo llevan productos en sus maletas y baúles, también llevan optimismo, alegría y grandes cantidades de berraquera.
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