Trabajo de oficina vs ser domiciliario, una reflexión acerca de la libertad.
La definición de un trabajo de oficina ha cambiado mucho últimamente, ya no se refiere exclusivamente a un lugar en un edificio corporativo, ahora tranquilamente puede ser la sala, la cocina o el estudio de la casa que antes usábamos para cualquier cosa, menos para estudiar. Pero el concepto original sigue vigente, es un trabajo en el que uno se emplea con una empresa haciendo una labor específica durante un tiempo y lugar determinados. Por eso, ahora que la línea que divide lo laboral de lo personal es cada vez más borrosa, uno tiende a perder la paciencia más fácil, y en momentos preguntarse si valdría la pena tirar todo, vender la nevera y el televisor que compramos para el Mundial pasado, y escaparse a una isla en el Caribe a vivir vendiendo cocteles de coco a los turistas.
Esa reflexión, aunque romántica, nos hace pensar en las personas que no necesitan alimentar sus almas con fantasías de fuga, porque no tienen un trabajo de oficina del cual querer escapar. Entre ellos contamos a los trabajadores autónomos de la creciente economía colaborativa, un mundo lleno de aplicaciones móviles donde la gente se conecta y genera ingresos. Entre otras razones, uno puede imaginarse que por eso hay tanta gente dedicándose a ser domiciliario de Rappi o conductor de Uber.
En un empleo convencional uno va a la oficina a cumplir su labor, para un conductor de Uber la oficina es su propio carro y para un repartidor es toda la ciudad, están afuera todo el tiempo, en cambio, cuando uno trabaja en oficina añora salir de la empresa cuando todavía hay luz de sol, ver el azul, el verde y todos los colores acompañados de la sensación de haber terminado la jornada.
Cuando un domiciliario ha logrado pasar la dura curva de la estabilidad de ingresos y se gana más de $2.000.000 al mes, no tiene que pedir permiso, buscar firmas de sus superiores ni justificar el tiempo de improductividad, simplemente hace sus cálculos y se da así mismo la firma de aprobación mental, a veces es difícil creerlo, pero en efecto un domiciliario puede duplicar el salario mínimo con esfuerzo, dedicación y paciencia. Mientras tanto, para los mortales que habitamos las oficinas, pedir un permiso no es tan simple y para algunos puede incluir cierto grado de ansiedad, teniendo a veces que ensayar el discurso en el espejo para darse ánimo antes de entrar en la oficina del jefe. Y ya que tocamos el tema, un jefe es un intento muy humano de organizar lo que no es posible organizar completamente: el tiempo y las personas, así que cuando no existen esas estructuras, es uno mismo quien decide cómo administrar su vida. Los ingresos van a depender del esfuerzo y los sacrificios que uno esté dispuesto a hacer.
Enfrentarse a esa situación con potencial de inestabilidad, no es fácil para todo el mundo, escalar el Everest corporativo es una idea tentadora pero no la única, también es tentador no tener: un horario estricto, varios jefes, un cubículo, códigos de vestimenta, microondas compartidos, un espacio delimitado, protocolos para cada movimiento, etc. La libertad viene en formas distintas, algunos domiciliarios y trabajadores autónomos nos demuestran que vivimos en un mundo con opciones alternativas reales para todos.
yo creo que depende pues no todo es para todos pero si es cierto que las aps de domicilios me ayudaron a sailr de deudas en las que me meti por la pandemia
ResponderEliminar